Ya no era fácil llevar el ritmo tan intenso de sus últimos días, para ella los minutos que se iban se convertían en lagrimas que llenaban poco a poco su corazón gastado de tantas emociones en el tiempo. El no podía con el cansancio que le dejaba la presión del día a día y la escasa cosecha de sueño por la noche. Sin embargo no podían estar lejos el uno del otro, y con valentía y convicción lograban llevar la mala racha del tiempo en sus vidas.
Como en toda relación ( generalizar no es lo mejor, pero es un hecho que hay momentos buenos y malos), las caídas y levantadas contantes atrajeron al enemigo de todo ser y alma, esa parte de nosotros que nos obliga a vivir sin vivir y nos ciega ante la inmensa cantidad de emociones y sensaciones compartidas: el ego, comenzó a instalarse en la mente de cada uno de los dos.
En el se convirtió en en incentivo personal, como el sueño mas descabellado que todos tenemos y deseamos; en ella apareció en forma de soledad que comía cada parte de confianza en si misma y la denigraba de toda dicha y felicidad.
Ambos se cegaron y comenzaron la batalla de manera personal, comenzaron a distanciarse a tal grado de que uno no recordaba a otro, olvidaron aquellas batallas épicas contra el fracaso y la desilusión, ninguno fue capaz de poner algo de si para continuar.
Finalmente aquellas almas únicas que caminaban de la mano por el camino volátil de la vida, partieron a rumbos distintos, no sin antes olvidarse por completo uno de otro.
La historia se sigue escribiendo día con día, recuerdo con recuerdo, nadie sabe si algún día esas almas que se perdieron vuelvan a cruzar el mismo camino.