Cuantas veces no caí de mi bicicleta cuando niño antes de aprender a andar en ella solo, sin ayuda de mi padre o las llantas entrenadoras. Hace 20 años de ese recuerdo y hoy como adulto retomo las lágrimas de dolor cuando caía y ahora se convierten en lágrimas de frustración, era fácil dejar de llorar cuando mi padre me abrazaba y me motivaba a seguir adelante, hoy ya no es así, la vida nos enseña a caer y levantarnos, primero con la ayuda de alguien para luego levantarnos solos.
Hoy que caí en la senda de la vida llego a mi vida una mano y un abrazo que no es de mis padres ni amigos de la infancia, una sonrisa que poco se parece a la de mi madre, y un tipo de amor que nunca había sentido por nadie. Me levanto de manera tan súbita que apenas recuerdo como caí y porque fue.
Es increíble saber que en mi existía fuerza aún para continuar mi camino, luz que me guíe en la obscuridad y un calor que me arrope de la indiferencia y la rutina. Es tan pequeña y tiene tanta grandeza que hace que mi mala actitud, que ya era una inquilina recurrente de mi vida saliera pagando todos los meses que debía y sin reclamar el depósito en garantía.
No cabe duda que las personas llegan en el momento más idóneo para llenarnos de su luz.
Retomando el camino pero ahora acompañado se que será más difícil caer pero más fácil levantarse. Y más aún que ahora que están ustedes.
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